Horsegirl no paran de crecer. Lo suyo es para no perderlos de vista. Si "Versions of modern perfomance" (2022) era bueno, este último disco es aun mejor. Canciones más redondas, estribillos que cabalgan entre un noise pop de juguete ("Whrere'd you go"), hits inmediatos para incendiar tu corazón ("Rock city"). Este cd tiene todo para estar con orgullo entre lo mejor por ahora del año.
Penelope Lowenstein y compañía, producen un efecto encantador cuando suena la maravillosa "In twos", puro indie tranquilo noventero, o la fenomenal y juguetona "2468". Todo cabe en esta caja de sorpresa de canciones que irradian alegría ("Well i know you're shy").
Hasta se permiten sonar con timidez algo a Stereolab como vemos en "Julie". Lo de este grupo es de nota alta. Y sino ponte sin parar "Switch over", la más agitada de esta aventura. Cuando quieran sonar algo lofi van y te sueltan "Information content" o la muy emocionante "Frontrunner".
Vuelven las caricias que arañan con "Sports meets sound", para terminar con "I can't strand to see you", en su vertiente más pop. En definitiva, corto, pero intenso. De disfrute inmediato.
Demasiada poca repercusión tuvieron en su día esta interesante banda gallega, que se cargó la mochila de viaje con destellos de noise y shoegazing. Y la cosa, desde que sacaron éste su primer largo, funciona desde que suena ese petardazo que se llama "La casa cuartel".
En este primer trabajo eran un trio (luego cambiaron de miembros en el segundo largo), la verdad es que suenan como una apisonadora con ese sonido a lo MBV en "Del miedo a mis viajes", o ese himno brutal que se llama "A los indecisos".
"Desde hoy perfecto" es también toda una andanada cerca de los parámetros de Triángulo de Amor Bizarro, para acercarse casi al noise en "No lugares". "Estados emocionales (y vaticanos)" con su licencia pop te atrapa por sus contantes subidas y bajadas y "Me la jugaste en China" es para imaginarla en directo.
El bajo marca la pauta en "La soga umbilical" el tema más intricado y arriesgado de "Nihil obstat", para volver en "Los economistas" a sacar a la distorsión a pasear. No tienen disco malo Disco las palmeras!, pero quizás me quede con éste, donde ya despuntaron, donde ya plantaron su personal forma de ver el shoegazing y el noise pop.
Pom Poko han vuelto por la puerta grande. Los noruegos, tras su potente "Cheater" (2021), siguen en su particular batalla de noise punk juguetón, como un Deerhoof con ganas de ser un grupo punk, siempre nerviosos, melódicos, divertidos y juguetones.
Así empieza este "Champion", con "Growing story" y su sonoridades traviesas o "My family" y ese pop estrujado con guitarras saltarinas. También bajan a su antojo el pistón de la arrogancia sónica para crear cosas del tipo la canción que titula el lp.
"Pile of wood" es otro juguete de esos que se rompe nada más tocarlos, música festiva sin más, para alegrarte una mañana malhumorada. Hay pequeños baches en este desenfreno algo loco como "Bell" que se queda en tierra de nadie, pero luego llega el punk de "Go" y hacemos las paces con ellos.
"Never saw it coming", es otro de los platos fuertes de un disco que se pasa veloz, con una pegada inmediata y que nos invita a verlos en directo donde seguro que temas como "Big life" suenen como una apisonadora voraz.
El disco noise de Stereolab. El que tiene más arranques de distorsión, más guitarras saturadas. Un delicia vamos. Escuchas "Our trinitone blast", y parece una versión arty de la Velvet, con la voz siempre de Laetitia Sadier como ángel embaucador.
Antes, en el inicio, ya habían dejado el señuelo para seguir, con "Tone burst", cabalgando entre electricidad y electrónica rabiando espejos rotos. Pero en la tormenta, siempre hay sitio para islotes de calma, como nos muestran en "Pack yr romantic mind", una de las mejores canciones de su carrera, barroca hasta en los huecos de un pop que se debate entre breves distensiones mareantes.
Cuando quieren, pueden sonar casi kraut, como vemos en esa maravilla llamada "I'm going out of my way", siempre con esta patina de glamour total que Laetitia consigue dar a las canciones. También hay burradas casi experimentales como "Golden ball", donde se dejan llevar por una marabunta de psicodelia a prueba de calmas.
Tras tanto aturdimiento sónico, viene "Pause" como un paréntesis necesario que sirve para prepararnos los casi 20 minutos de la desorbitante "Jenny Ondioline" puro cacharreo donde se muestran más incisivos que nunca y donde la guitarra de Tim Lane es como un avispón guerrero. Que gozada!!!
"Analogue rock" es una punzada de veneno entre órganos y melodía minimal, y el final de este trayecto con "Lock-groove lullaby", no viene más que a confirmar la grandeza de un grupo que como un cohete empezó su carrera, y en su firmamento particular, dejaron un reguero de sonidos de esos que siempre tendremos muy presentes.
Segundo disco de la banda de Pittsburgh, y segundo trabajo donde se disfruta de la enjundia sónica de este trio que revitaliza el shoegazing con dosis de pop envenenado, confeccionando una pizarra de oraciones sonoras para disfrute del respetable.
"Freak" y "Tin man", son el inicio de este viaje repleto de sugerencias, donde es fácil perderse con sus melodías traviesas ("Streamroller"), donde nos deslumbran con lentas letanías de pop de juguete ("Heaven").
Temas que no pasan de los 3 minutos, (excepto "Steamroller"), donde nos paseamos por calles repletas de felices caras ("Paces"), y donde el ruido es un estruendo acogedor como vemos en "Sweet". Cuando se ponen lentos, nos alborotan ("Slide"), y cuando se parecen a Stereolab, realizan danzas especulativas como vemos en "Pocket".
"Station" y "Heavy water" son las dos partes finales de un disco que se pasa raudo y veloz, y que degustamos como un aperitivo dedicado a nuestro gozo ansioso de nuevas emociones.
Tan solo 7 temas son suficientes como para defender el que fuera el segundo disco de este banda de noise pop de Essex liderada por David Callahan, y que desde que suena la inicial "Rite of passage", nos envuelve en una calima de intensidad que te atrapa, con ese pop estrangulado, con esas guitarras que chispean.
Si ya dejaron notas de su fuerza en su primer largo, "Unseen ripples from a pebble"(1987), es aquí, dos años después, donde demuestran la desmesura que casa con una cara melódica que los emparenta con combos como Mega City Four. "Tropic of Cancer" es rutilante y repleta de sustos que son suspiros eléctricos.
"Living fossil" es drama eyaculando soflamas sobre lirios que se desvanecen cuando empieza la amanecida, y en "Dead sea burning" especulan en un entramado instrumental que funciona de principio a fin.
Tras sacar un par de discos la banda tuvo un parón de un montón de años hasta que se reactivaron con "Middle aged freaks" (2014) y más tarde con "Untied Kingdom" en 2016, pero ya no sonaban igual. El poderío de piezas como la que titula el lp o "Skyscrapers" jugando al escondite con el shoegazing es imbatible.
Wolfhounds, unos solventes guerrilleros del noise pop guitarrero, refrescante y armónico, una buena sacudida de ruido ameno que atontece y te hace sonreír.
La primera impresión que te llevas cuando empieza a sonar la ruidosa, divertida y frenética "Cheater" es que estamos ante unos seguidores fanáticos de Deerhoof. Y es que estos cuatros noruegos, parece que se complacen con llenar los 30 minutos de este su segundo disco, de certeros disparos alocados y siempre festivos.
Aquí el noise y el pop se entienden a la perfección, aquí se puedo bailar dejándote llevar con burradas del tipo de "Like a lady", donde se aceleran en un motín de distorsión noventera, indie rock con sonrisas y suspense.
"Andrew" es juguetona, pura melodía venusiana, carantoñas de leves ruidos, sonajeros para el ensueño. Todo una gozada. Como "My candidacy" , aguerrida, ruidosa, repleta de cambios de ritmos, poseída por un encantamiento especial, casi punk. No hay nada como ponerte una mañana de esa que cuesta quitarle las legañas perlas del calibre de "Danger baby".
Todo lo hacen bien Pom Poko. Saben ser juguetones cuando quieren, y también mostrarse comedidamente ásperos en intrincados combates de ruidismo enternecedor ("Andy go to school"). "Cheater" pasa en un suspiro y temas como "Baroque denial" o "Curly romance" sientan la base de un presente bestial y de un futuro que seguro dará que hablar. Estaremos atentos.
Todo gira en torno a Los Planetas. Son de Granada como ellos, el técnico de sonido es el mismo que tienen Jota y sus compinches, y el sonido, es puro éter que recuerda a los primeros pasos de una de las bandas más importantes que hemos tenido por aquí.
Sus dos voces cantantes, Ismael Cámara y Angelina Herrera, también hacen lo posible para que el quinteto que tiene nombre de vacaciones allende los mares, se les asocie a Los Planetas por todos los costados. También ayuda a eso las canciones, que funcionan a pesar de que el engranaje y la estructura son similares.
"Bing bong" funciona desde el primer momento. Tiene algo, por esa cadencia sonora que se enreda en un feedback de noise pop que refleja la voluntad de sus miembros de continuar la esencia sonora planetaria. "Juan sin Miedo" fluye como una triste letanía y "Amigo sol" es otro calambrazo de distorsiones apaciguadas por sus dos tenores voces.
Himnos tenemos por doquier. "Romance de verano" seguro que enganchará a los que ahora están empezando en esto, con su subida y bajada, con la voz que te engancha, con ese aire galáctico que tanto recuerdos nos trae. "Qué quieres de mí" es puro shoegazing y "Scarlett" es otra estratagema eficaz que perfora tus tímpanos a base de melancolía y zumo de lirismo.
"El Almendro (nuestro motor)" quizás le falte la voracidad melódica que tiene la mayoría de los temas del disco y el inicio de "La langosta" es como un deva vu inspirador que nos trae de repente al fantasma de Cocteau Twins. "Nuevas esferas" y "Posible final" finalizan este viaje por el cosmos de una banda que sabe bien quienes son sus padrinos, a quien les debe los pedazos de fama que en el futuro pudieran tener.
Dejamos para otro día la audición de su ultimo disco "El resto del mundo" (2019). De momento, nos perdemos en este tobogán con asteroides, golosinas varias y psicodelía del sur.
Cuando salió este disco, en 4 días vendieron 40000 copias. Hay queda eso para una banda primeriza. Los galeses confeccionaron un extraño disco de indie con tonos a veces algo comerciales ("Flowers & football tops"), pero donde sobresalen los buenos temas, su inclinación a un noise moderado y pop.
En su día no les presté mucha atención, pero ahora, después de tantos años, me he reenganchado al sonido de canciones himnos como "Geraldine", o a baladas con distorsión achicharrada como la efectiva "It's my own cheating...", donde las guitarras hacen temblar la tierra.
En la época se les comparó con The Jesus Mary Chain por su querencia por los feedbacks de guitarra y sus constantes guiños a la música de los 50. En "Lonesome swan" parecen unos Ramones hechizados por un post punk de andar por casa. Como "Go square go", donde parecen haber dormido un largo semana revisando la vida y andanzas de Phil Spector.
"Daddy's gone" también continua en la misma línea del resto del cd, arengando a las guitarras y al pop, para en "Stabbed" pasarse de vuelta con una versión de "Claro de luna" de Beethoven que no hay por donde cojerla.
Menos mal que levantan el vuelo con "S.A.D. light" y su melancolía de tiempos inciertos,para terminar con la envolvente "Ice cream van". Una buena recuperación pues, de una banda que su escucha rezuma buen rollo, hits de usar y gozar.
Me gustan Niños del Cerro. El quinteto que viene de Chile, a logrado con este su segundo largo, aumentar el placer que supuso el toparnos con su anterior trabajo, "Nonato Coo" (2015). Lo suyo es pura y bendita anomalía que pincha en el noise pop, en los sonidos de su tierra y en una psicodelía de esas para tirar cohetes, como en la radiante "Sufre".
Lo suyo es ritmo, una paleta de colores musicales que te hacen bailar ("Contigo"), y a veces ponernos en la memoria los buenos tiempos de esa otra banda que se llamó The Boo Radleys ("Flores, labios, dedos").
NIños del Cerro consiguen que sus canciones suenen envolventes, diáfanas, crisálida que se convierte en un arco iris que cruza el cielo entre aullidos de distorsión. "El sueño pesa" es una buena muestra de ello. "Las distancias" es otro bombazo que explota levemente, que se eriza entre una multitud de abrazos multicolores, de expresiones para soportar hastíos.
La más extraña del cd es "Lance", pura psicodelia cruzada con pop de tamaño colosal y que da voz a "El susto y el miedo ", delicado dream pop convertido en una fabula que consigue emocionar con su leve catarsis.
Para terminar recurren al piano en "Melisa/Toronjil", pura adrenalina sensual, sonidos andinos metidos en un florero de calcamonías imperecederas. Niños del Cerro, adolescentes del noise más exótico, una apuesta a seguir.
"Everything in between", fue el tercer disco de esta banda formada por el duo Dean Spunt y Randy Randall, y es, desde que se inicia con "Life prowler", una amalgama de noise pop radiante, de ruidos siempre con encaje melódico.
Ya me sorprendieron cuando sacaron "Nouns" (2008), y en su ultimo largo "Snares like a haircut" (2018), siguen manteniendo suficientes argumentos para que su sonido siga siendo atractivo. Aquí tenemos puzzles de sonidos que casi llegan al shoegazing como "Glitter" o arranques de distorsión de esos que te dejan sordos ("Fever dreaming").
Siempre sin perder la calma, estirilizados en una progresión hacia un torrente de ruido siempre matizado con crisoles de melodía que supura tensión, adrenalina juvenil por los cuatro costados, como la radiante "Depletion" o la naif "Common heat".
No se cortan para rallarnos con terapias minimales de choque ruidoso ("Skinned", "Katerpillar"), pero lo que mejor se les da es su afición por construir canciones redondas de esas que son torbellinos que solicitan encarecidamente una subida generosa de volumen ("Valley hump crash").
Hasta tienen la valentía de confeccionar pequeños arrecifes con referencias a la Velvet, como la potente "Sorts". La instrumental "Dusted" sirve de antesala para meternos de lleno en la lírica de "Positive amputation", sinuosa, triste, aliciente de dolor.
La que más me gusta, es ese torbellino que se llama "Shred and transcend", sinergia punk, caos y ua eficaz teleraña de electrificantes galimatías. No Age, buena banda de noise pop para soñar desiertos.
El séptimo disco de esta bizarra y elegante banda, es quizás mi favorito de toda su larga carrera que llega hasta la actualidad. Su casi hora de duración es un conjunto efectista de todas las armas que atesoran para elaborar una especie de pop malsano repleto de rendijas donde se cuelan sonidos siderales, ecos de noise pop, donde todo esta permitido.
Y mucho en su haber tiene la cantante y bajo Satomi Matsukazi para que Deerhoof sean lo que son. Los dos primeros temas del disco, "Chatterboxes" y "Twin killer" son una barrabasada de sonidos orates, con esa vocecilla diablo de Satomi y esos ruidillos que aparecen y desaparecen en desbandada.
"Running thoughts" tiene un aire de indolencia infantil que acaba casi en sonidos progresivos, como "Vivid cheek love song", eléctrica y mágica que da paso a "O'Malley, former underdog", o como reinventar a Stereolab con lucecillas nerviosas y espasmódicas.
"Odyssey" es una nana que te llama a guerrear y el inicio guitarrero de "Wrong time capsule" es puro indie rock nervioso y esdrújulo. Así son Deerhoof, una bella anomalía en el pop, un nervio loco que raya en cordura. Cambios de ritmos inspirados en tiempo de psicodelia ("Spirit dities of no tone"), junto a dulzuras envenenadas que te llevan a la desesperación más sana ("Sream team").
El cuarteto se mueve a sus anchas por un terreno donde ellos mismos son agrimensores sin pretensión de invadir terrenos ajenos, y si de cultivar extrañas mezclas en viñas que acarrean viajes que te harán gozar ("You can see"). Una hora que pasa en moto y sin casco, y que también tiene momentos tranquilos como la bella "After me the deluge" y otros paraxismos que recuerdan algo a The Breeders como la bestial "Siriustar".
Un puntazo recuperar esta antigua joya repleta de teclados planeadores, "Lemon & little lemon" y bebidas en horizontes premeditados de emoción, como la impactante y sinfónica "Bone-dray". Y así hasta el ocaso del cd con esa vesanía que se llama "Rrrrrrright".
Deerhoof, no hay nada como empezar año y mes con esta calentura lunar de sonidos para no encasillar de un combo que no tiene desperdicio, con una discografía de esas que no te debes perder ningún trabajo.
Brian Welchez y Charles Rowell, lo tenían muy claro cuando formaron la banda. Los de San Diego quizás estaban un poco aburridos de que su devoción por Jesus Mary and the Chain, se quedará solo en eso, y decidieron dar un paso para recrear musicalmente (a su manera, claro), el ruidismo pop de los hermanos Reid.
Y joder que si lo consiguen. La canción que titula este tercer trabajo del combo, es una pildora de pop guitarrero, de electricidad que no se entumece, ruido tratado con melodías aspaviento. Y cuando la siguiente "Sunday (psychic conversation=9)" te desgarra los timpanos con su noise pop juvenil, ya te tienen convencido.
Hasta cuando se despojan de todo su arsenal decibélico, como en la tierna "No black clouds for dee dee", consiguen emocionar sin levantar demasiado la voz, sólo tweetpop de manual, eficaz y correcto. Pero es cuando se vuelven ariscos cuando suben nota. "Electric death song", es puro torbellino acariciador y en "Hung up on a flower" es donde es más evidente la influencia de Jesus and the Mary Chain, inclinándose con timidez hacia el shoegazing.
El aire sixtie que rodea todo "Endless summer" se hace más evidente en canciones como "My surfing Lucifer", para de nuevo en "Dark alleys" volver a la senda del feedback sin tapujos. Sensaciones añejas recuperadas con gracia por quienes no temen perderse en imitaciones vanas.
Para el final, "Welcome trouble" y "You are forgiven", otros dos pelotazos luminosos que te hacen brincar, y que definen con claridad las inclinaciones del grupo por los ambientes ruidosos siempre con matices.
Para mí, es el disco favorito de los hermanos Reid. Tan solo volver a escuchar después de tanto tiempo "Just like honey", ya esta todo dicho. El hechizo continua. He vuelto a los 80, a mecerme entre andanadas de noches sin fin, a mirarme en el espejo del baño de esos pubs que transitaba sin nunca cansarme, con mis ropajes negros, mis anillos de calaveras y mirando siempre a la vida como hacían los Jesus, dando la espalda con una sonrisa bien henchida.
Y es que el disco de debút de los escoceses era todo un punto, repleto de distorsiones, de poses, de mucha rabia, de mucho feedback reconcentrado ("The living end"). Por aquí andaba también dándole a los tambores el que luego fuera líder de Primer Scream, Bobbie Gillespie.
En "Taste the floor", es evidente las influencias que en su día dijeron de ellos que eran una banda híbrida entre The Velvet Underground y los Beach Boys. También tenían tiempo para dedicarse a la canción casi pop psicodélica ("The hardest walk" y "Cut dead").
Pero a mi lo que me ponía de verdad es cuando te rallaban el cerebro con voluptuosidades del tipo de "In a hole", donde el shoegazing que empezaba a hacerse un hueco como estilo, ya tenia a los Jesus como uno de sus mejores comparsas.
1985. 2018. Joder el tiempo que ha pasado y lo fresco que suena este conjunto de canciones que te hacen de todo menos aburrir. "Taste of cindy" es irónica y envolvente; "Never understand" es peligrosa y poco acomodaticia y "Inside me", vuelve a coger a la psicodelia por los cuernos para tirarse por un barranco de ruidos infernales.
"My little underground", es rock and rolk con un pie en Cramps y "You trip me up" es una canción de amor a la manera de estos chicos de pelos electrocutados. Todo "Psychocandy" suena vibrante, todo es para uso y disfrute de los que por aquella época flipamos con The Cure, The Sound, Cocteau Twins, The Chameleons y tantos otros compañeros de viaje.
Tras este grandioso disco luego vinieron otros dos enormes documentos atemporales como "Darklands" (1987) y "Automatic" (1989). Luego, poco a poco, fueron perdiendo la gracia para el que escribe. "Damage and Joy" (2017), fue su vuelta digna a la escena después de su última aparición en 1998 con "Munki".
1985.2018. Pero que viejo que nos estamos haciendo, pero que joven que suena este pedazo de boomerang que viene de los antiguos tiempo para darnos purpurina y elixires efímeros de juventud ya fenicida. Un brindis por ellos!
En 1994, cuando Los Planetas sacaron su primeros disco "Super 8", tenía 25 tacos y estaba currando los fines de semana en un garito. Recuerdo que me compré la cassete de "Super 8", y no paraba de ponerla en el pub. Más de un bronca tuve con el dueño por culpa de una adicción que creció nada más escuchar "De viaje".
Imagino que un joven de ahora, puede sentir lo mismo que yo en esa lejana época, cuando se ponga a escuchar a Viva Suecia. Desde que suena "Piedad" y sus guitarras dolientes, y las letras melancólicas, y el pop feedback que te agarra y no te suelta, notas que Viva Suecia tiene ese poder de evocación, de terrenos ya transitados por otros, pero hábilmente resueltos por el grupo.
El grupo murciano, con Rafael Val a la cabeza, sabe llegar con melodías radiantes de esas que cruzan espejos de edades, ("Nunca estamos solos"), músicas para adolescentes de ahora y para ya maduros cercanos a los cincuenta que al cerrar los ojos se acuerdan de cuando el ímpetu de la edad redoblaba los tambores de descubrimientos, de viajes y amistad ("El nudo y la esperanza").
En "¿Nos ponemos con esto?" suenan como un satélite radiante de Los Planetas, y en los emocionales siete minutos de "La estrella de David", se escoran a un post rock de dolores de pasión, perorata larga que inflama los ojos, que pule océanos de esos que reflejan algunos pensamientos cogidos al vuelo del galimatías del tiempo.
Seguro que hoy puedo cruzarme por el barrio con algún chaval de esos raros que lleve en sus oídos "A dónde ir", mientras patea aceras, mientras da vueltas para evitar la vuelta a casa e intentar no pensar sólo en ella... "Lo último que se pierda" de la mano del piano logra crear un misterioso climax que en "Hemos ganado tiempo" se convierte en otro hit de esos para votar esperanzas truncadas. Para terminar, "... que esto funcione", noise pop danzarín y crudo, feliz y necesario para acabar por todo lo alto.
Tenía 25 años y cuando acababa la noche y no quedaba nadie, me ponía "Qué puedo hacer" mientras miraba la puerta del bar pensando que porque no, ella entraría a salvar otra noche de extrema soledad.....